Bueno. La cuestión es que el tipo vendió todo el resto de los globos. Sacrificó cinco, pero vendió decenas. Pero había un negrito, precioso, muy pequeño, con unos ojos blancos hermosos con su centro negro. Y este negrito estaba triste, descalzo, con el pantaloncito roto, las lagrimas se le caían, y miraba a los otros chicos. Y entonces el señor de los globos se dio cuenta del pobrecito y le preguntó:
-Muchacho... :¿quieres un globo? Y el chico le responde: -Eh, no... -y se sacude los mocos. -Cómo no... mirá, te lo regalo. Elegí el globo que más te guste y te lo regalo. -No. -Pero, ¿no quierés un globo? -No. -¿Entonces qué te pasa? Y el chico se anima al verlo tan bueno al hombre y le dice: -Señor, si usted suelta ese globo negro que está ahí, ¿será que sube tan alto como los otros globos? Porque la cuestión no era tener o no tener un globo, sino ser o no ser como los demás. Entonces el señor se emociona tanto que desata el globo negro y se lo entrega y le dice: -Haz la prueba. Y el chico suelta el globo, y cuando ve que sube, empieza a saltar, a cantar en ritmo de merengue, de salsa, feliz de que el globo negro también había subido a los cielos. Entonces el hombre queda tan impresionado que se le acerca, le acaricia la cabeza, y le dice: -Te voy a decir un secreto. Lo que hace subir arriba no es ni el color ni la forma, es lo que tiene dentro. Pero para que un globo suba al cielo hay que traer gas del cielo. Si yo lo lleno con gas del cielo entonces... ¿eh?
Por eso deberíamos preguntarnos: ¿Con qué llenamos nuestro corazón, con qué llenamos nuestra vida? Yo creo que la vida es como el dinero: tiene el valor de aquello en lo que uno gasta. Un billete es un papelito con un número que tiene un valor.
La vida también es así,
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